El Derecho a Opinar en el Perú

Crear opinión y argumentar su sentido es una capacidad propia del periodismo y una extraordinaria responsabilidad para la televisión, una gestión de la conciencia colectiva que no puede confundirse con el interés o conveniencia de las emisoras, ni evadirse como tarea y obligación en la construcción de una identidad ciudadana. Restringir la opinión a la que conviene a las autoridades o los intereses del mercado, no asumiéndola como la voz o el espíritu del propio ciudadano, es descalificar su sentido.

El sagrado derecho a la libertad de expresión, como forma de proteger la tarea de los periodistas de crear opinión, es lamentablemente un eslogan esgrimido, la mayoría de las veces queda como consigna para salvaguardar la expresión particular e interesada de algunos sectores que tienen el control del poder económico y político de una sociedad. Manipular la opinión significa tratar de evitar voces altisonantes, censurar la diversidad de puntos de vista y limitar la construcción de consensos y acciones de la sociedad civil. Para destacar la importancia de este tema y de su debate dentro de los presupuestos de la producción periodística televisiva es bueno recordar que los conceptos de opinión pública y de libertad de expresión están contenidos en la Declaración de los Derechos Humanos aprobada hace más de 50 años por las Naciones Unidas:
               
Todo hombre tiene derecho a la libertad de expresión sin interferencias. De tener opinión, así como de buscar, recibir y transmitir informaciones e ideas por cualquier medio, independiente de las fronteras.

Lo que no se dice ni se recuerda es que junto a esta declaración también se establece la defensa a la intimidad y la vida privada, la salvaguarda de la honra y de la imagen de las personas, derecho que comúnmente son obviados por los programas periodísticos. Sabemos que es un tema espinoso y que no todos los medios actúan en la opacidad llamada “libertad de información”, ni que todos los periodistas van contra las premisas democráticas de igualdad, pero también es cierto que no se puede dejar de reconocer (menos aún después de la experiencia de corrupción vivida recientemente en el Perú) el hecho de que las bases de la libertad de expresión y de la objetividad han sido valores degradados permanentemente por el periodismo, legitimando una perspectiva manipuladora de la actividad informativa por los medios y los propios profesionales de la noticia.

Paradójicamente, hay escasa preocupación por evidenciar los mecanismos de manipulación y producción de la noticia, reduciendo su análisis a los contenidos y dejando de lado la recepción de los telespectadores y el consumo de la información. Preocuparnos por estos modos de ver la televisión y las mediaciones culturales que esta genera, permite entender las narrativas noticiosas como una relación entre memoria e identidad y entre historia y contemporaneidad, dos ejes que muestran la propia complicidad de los televidentes con los relatos.
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